miércoles, 27 de julio de 2016

Caminante, no hay camino...

En la ausencia de la palabra encontramos el acto. El movimiento de los cuerpos ante la falta de una palabra que agregue significación. La diversidad que busca su unificación. La psicología le llama "acting out". ¡Es hora de actuar! dirá el director de escena antes de que comience la obra, o en su defecto, en los ensayos al opening night. Al estreno. En el movimiento que llaman manifestación, ¿que es lo que se manifiesta? La falta del Otro, la clásica demanda histérica de las masas que se conglomeran en aquellos símbolos fálicos que representan al Estado y su castración. Los cuerpos marchantes, ante la mutes del Otro que no emite su Palabra. E histericamente, cuando habla, no le oímos, ni mucho menos escuchamos.

Del sentido como percepción oímos, allí esta, en el mejor de los casos, el oído y sus órganos. La escucha ya implica el lenguaje, y a su vez, el lenguaje implica a su vez el agujero. La comunicación y su divertimento. El lugar de la interpretación fuera-del-cuerpo pero que remite y hace eco en el cuerpo. ¡Oyen, pero no escuchan! gritaran las masas ante un Otro que presta su cuerpo para el sacrificio a los dioses. El reclamo y su no contestación que perpetúan las demandas. De allí el símbolo, vinculo y puente entre lo real y lo imaginario. Pasar de lo real a lo imaginario y viceversa sin la medicación de lo simbólico no tiene ningún valor, no hay transmutación de la angustia salvo en la fantasía, que ya implica un soporte; mucho menos del fantasma a lo traumatico.

Dentro de nuestra lalengua, el significante "marchar" implica la muerte. Decimos que fulano "ya marcho" cuando este fallece. No es de sorprendernos que exista la marcha fúnebre y la marcha nupcial.

Continua...

Caminante, no hay camino...

En la ausencia de la palabra encontramos el acto. El movimiento de los cuerpos ante la falta de una palabra que agregue significación. La diversidad que busca su unificación. La psicología le llama "acting out". ¡Es hora de actuar! dirá el director de escena antes de que comience la obra, o en su defecto, en los ensayos al opening night. Al estreno. En el movimiento que llaman manifestación, ¿que es lo que se manifiesta? La falta del Otro, la clásica demanda histérica de las masas que se conglomeran en aquellos símbolos fálicos que representan al Estado y su castración. Los cuerpos marchantes, ante la mutes del Otro que no emite su Palabra. E histericamente, cuando habla, no le oímos, ni mucho menos escuchamos.

Del sentido como percepción oímos, allí esta, en el mejor de los casos, el oído y sus órganos. La escucha ya implica el lenguaje, y a su vez, el lenguaje implica a su vez el agujero. La comunicación y su divertimento. El lugar de la interpretación fuera-del-cuerpo pero que remite y hace eco en el cuerpo. ¡Oyen, pero no escuchan! gritaran las masas ante un Otro que presta su cuerpo para el sacrificio a los dioses. El reclamo y su no contestación que perpetúan las demandas. De allí el símbolo, vinculo y puente entre lo real y lo imaginario. Pasar de lo real a lo imaginario y viceversa sin la medicación de lo simbólico no tiene ningún valor, no hay transmutación de la angustia salvo en la fantasía, que ya implica un soporte; mucho menos del fantasma a lo traumatico.

Dentro de nuestra lalengua, el significante "marchar" implica la muerte. Decimos que fulano "ya marcho" cuando este fallece. No es de sorprendernos que exista la marcha fúnebre y la marcha nupcial.

Continua...

viernes, 20 de mayo de 2016

Día del Psicologo

Ciertamente hay algo intrigante en el fenómeno de la "psicologización" de la sociedad que se ha estado viviendo en estos tiempos. Es decir, el papel de la psicología efectivamente ha cambiado. Lo que se consideraba en otros tiempos como algo exclusivamente para enfermos, locos, alienados, etc; ahora ha pasado al terreno de lo público. Del chamán/brujo/druida al psiquiatra por medio de los seguros de gastos médicos. Todo el mundo quiere acudir a terapia, y el no querer ir es señal de que URGE que vayas. Todo lo que le ocurra al humano puede ser evaluado, explicado, medido, predicho por la psicología moderna. Es la época del trauma, del riesgo permanente, todo es traumatizante. Recuerdo un comercial reciente en el que se advertía que habría que tener mucho cuidado a la hora de quitarle el pañal al niño para entrenarlo a ir al baño; ya que en esta etapa se llevaba a cabo la reafirmación de la seguridad del pequeño y el dejarlo a la merced de algún accidente podría tener serias consecuencias en la autoestima del cachorro humano. Todo el mundo es víctima de algo, de una palabra, de una mirada, de una acción, de una no-acción. Y no se diga en un estado en el cual la violencia he llegado a niveles nunca antes vistos, de "histeria colectiva", de "perdidas de la realidad", de "psicosis generalizada". La prensa misma se ha visto en la posición de otorgar diagnósticos a diestra y siniestra acompañados de su propia música incidental y llamativa en sus titulares; sin dejar de lado (¿cómo podría hacerlo?)  los comentarios siempre oportunos de los profesionales de la salud mental que corren presurosos arrojando a su paso diagnósticos igualmente “sentidocomunezcos” (si se me permite el neologismo), "interpretaciones silvestres" en nuestra lengua; argumentando infancias perdidas, yo buenos que resultan opacados por yo malos, pensamientos malos que habrían que cambiar por pensamientos adecuados, conductas aprendidas que hay que desaprender, o, si nos vamos al extremo, de predisposiciones genéticas a la violencia: "No es el, son sus genes, no hay porque culparlo, solo es una víctima de sus desvariados cromosomas". Es en este lugar justamente en donde la victimización encuentra su último garante. Solo basta con ver algún episodio al azar de cualquier serie policiaca detectivezca del momento, cuya temática también se ha visto modificada de acuerdo a los tiempos. Antes, el ladrón cometía un crimen, se le buscaba, se le atrapaba, se le juzgaba y se le condenaba. Todo estaba bien, nos sentíamos bien, el mal ha recibido su castigo. La vida continúa.  Existía una especie de alivio al ver como las cosas resultaban. En cambio, ahora la cuestión es más bien diferente. El ladrón roba algo, se le atrapa, durante el juicio algún abogado presentaba pruebas de alguna predisposición genética, de algún "trastorno" o "enfermedad mental" documentada, etc etc. Más recientemente, solo es necesario colocar en el buscador de su preferencia la palabra “affluenza” y se encontrara con que una defensa ante el juicio de un joven, vástago de una familia acomodada, no podría responsabilizarse de sus actos debido a que siempre vivió entre lujos y una familia distante, creyéndose poseedor de derechos por encima de los otros. El efecto es irrisorio   Volviendo a nuestro ejemplo de serie de detectives, a nuestro ladrón consumado se le encuentra inocente de acuerdo a estos factores y recibe tratamiento para aquello que lo aqueja pasivamente. Y si se el encuentra culpable, nos genera un sentimiento de lastima, incluso de culpa por haber deseado que lo encerraran sin saber que solo era una víctima de una enfermedad.

En todo esto, ¿cual es la imagen del psicólogo en la actualidad?


Cuando uno es psicólogo, es muy común que las personas cercanas se dirijan hacia ti con preguntas, con dudas, buscando consejos acerca de lo que les acontece en su vivir diario. Y esto aumenta en situaciones sociales como son las fiestas, reuniones, etc en las que el rumor de que hay un psicólogo en la proximidad se esparce como un rápido y mortal virus que hace que las personas asistentes al evento intercambien miradas y comentarios acerca de esta persona que ahora se ha convertido en un observador permanente del decir y del comportamiento, una especie de intruso que surge como el gran juez y evaluador. Surgen desafíos: ¿si hago esto, que significa? ¿si no me gusta hacer esto, o aquello? Traductor incansable del pathos humano.  También el psicólogo es el decodificador infalible de los actos; descifrador del sentido así llamado oculto del aconte-ser en el mundo. De igual forma, es el oráculo de Delfos en situaciones de enamoramientos, de desencantos, de predicciones a la manera de adivino del porvenir. Y no olvidemos el papel de inspector y de espía, siguiendo los pasos de lo dicho, de lo no dicho, de lo que debió ser dicho o de lo que no debió ser dicho. Es el defensor último de la víctima, receptáculo de las quejas acerca de lo maldito y desgraciado que es el Otro. Eso Otro que hace demasiado caso o que de plano es indiferente.

Es en este nuevo contexto en que operamos quienes tenemos el atrevido deseo de ser suscitadores del deseo. Feliz día, colegas.