En psicoanálisis existe una concepción del síntoma distinto a lo que podríamos llamar la sintomatología clásica de la medicina. Es decir, uno acude al medico cuando los órganos hacen acto de presencia, o ¿es que acaso uno siente a su estomago, a sus pulmones? ¿o nos preocupamos cada minuto de nuestra vida por los riñones? Allí están, en su silencio al que llaman salud. Y uno habla al medico de lo que seria su sentir acerca del órgano, pone en palabras la dolencia del cuerpo. El medico, acompañado de su saber y de acuerdo a la geografía corporal que acompaña el relato del síntoma, ubica el conjunto de malestares en una enfermedad clasificada en torno a tales manifestaciones vivenciadas como dolorosas. El cuerpo aparece así fragmentado en zonas bien definidas, fronteras imaginarias que no escapan a la subjetividad.
El síntoma en psicoanálisis es un acompañante en el camino. Un acompañante que en un momento imprevisto (pero lógico) se presenta como molesto. Y se supone que el especialista en la subjetividad representado por cualquier afiliado al prefijo psi se encargaría de eliminar tal dolencia/malestar que es este acompañante. Pensamiento cercano al del medico. Acallar el síntoma, no saber nada mas de él. Que desaparezca para jamas volver. Regresarlo al silencio.
La insensatez del psicoanálisis es justamente lo contrario. Hacer hablar al síntoma. Que el paciente relate su dolencia hasta el punto en el que esta "incomodidad" revele su propia verdad en tanto ser que habla. No curamos el síntoma, mas bien, lo consideramos como lo que logra anudar de forma borromea los nudos del sujeto: real, simbólico, imaginario. El síntoma es el ultimo sostén del sujeto. La vara que impide la caída profunda...
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