La palabra miente. No es una novedad. No es algo que no se haya dicho con anterioridad. El lenguaje nos precede. Lo que nos crea, nos conecta, nos impulsa, nos guía, nos controla, lo que nos define y nos une, si jugamos al agente del sistema Smith en la serie de Matrix. Nos hace incautos. Y es justo al hacernos incautos que podemos convertir estas palabras en lazo. En un lazo que se muestra incompleto, pues el objeto nunca logra alcanzarse y el discurso no alcanza a decirse completo a pesar del esfuerzo del sujeto que habla. Y, sin embargo, eso funciona. De alguna forma, el ser humano encontró en el lenguaje la forma de llegar al otro, su semejante, también incauto en el mejor de los casos. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿Telepatía? No estamos muy lejos de allí. Al menos la imagen ha sabido presentarse como la nueva forma de hacer lazo en un mundo globalizado, en un mundo en donde estamos a un click de estar allende los mares. Una imagen dice mas que mil palabras, dirá el Otro.
El trauma del que hablaba Freud en sus inicios, iniciaba con una imagen. Lo terrible de una imagen es que confronta. No hay forma de negarla y sin embargo no se puede confiar de ella. Sesgada, cortada, manipulada, borrada. El imperio de la imagen es absoluto. Nos ahogamos con ellas. Los emoticones llegaron para quedarse. Un baile de mascaras en donde hay nada debajo de la mascara, salvo otra mascara. Y debajo de ella una más. Y otra. El problema con la imagen es que no conoce de finitud, su juego es infinito, solo hay que colocar un espejo frente a otro. Ya Lacan encontraba en el juego del reflejo un acercamiento del yo. El niño, y su divertimento ante su reflejo. Su encuentro con un otro que es uno mismo. Al inicio, fragmentado. El reflejo ofrece la oportunidad de la integración. Hoy la imagen permite un lazo virtual, ¡valga el pleonasmo!
La palabra mentirosa. La imagen igual de traicionera. ¿Qué nos queda a nosotros, pobres mortales?
Se dice que al principio fue la piedra. Dura, lisa. Una llana piedra. Estática. Una roca en movimiento. Las piedras han tenido un papel protagonico en la historia del mundo. Incluso hay piedras famosas. La Piedra negra de la Meca, por ejemplo. La piedra que contenía la Espada, entre otras. Hay una piedra que resulta especial, y lo es por no haber sido arrojada. Al menos ese es el origen mítico que Freud le daba a Civilización. No es la primera piedra que no se arrojo. También señala la presencia del pecado en el ser humano. La piedra reemplazada por la palabra: un insulto. Un insulto fundador del mundo así llamado civilizado. Lo real de la piedra en lo simbólico del lenguaje. ¿Porqué? ¿por amor? El amor como aquello que hace condescender el goce al deseo. Tal vez, no nos quede más que amar...
jueves, 3 de marzo de 2016
sábado, 18 de octubre de 2014
La verdad, incomoda...
De acuerdo al Maria Moliner, encontramos dos excelentes ascepciones que en el español se utilizan, de acuerdo al contexto de lo que se intenta decir, y digo intenta porque no existe mas que el intento de transmitir algo de lo que se quiere comunicar; para referirnos a la palabra incomodo. Ya sea en su forma de adjetivo, en la cual involucra el ser y/o el estar del sujeto/objeto: "se dice de lo que obliga a una postura o produce molestias"; o bien en su forma de verbo, en donde actua como causa, un hacer. Se habla de un mal-estar. Desde muy temprano en la enseñanza del psicoanalisis, el problema de la verdad ha estado presente. Y lo esta desde una posición curiosa. La verdad como aquello que no puede soportarse. Que causa molestia. Que incomoda; como aquella que le pertenece al sujeto en la figura del sintoma como intento de conciliar una verdad que le es penosa; como aquel traspie de la palabra. Aqui es donde el psicoanalisis se aleja de la nocion de la verdad como correspondiente a lo sucedido, a lo comprobable, la que sería la verdad cientifica. Repetible. Pues en la experiencia dela analisis la verdad solo surge en su de-velamiento. En su no-decir la verdad esta ya dicha. Labor del analista el de presentarle al analizante su palabra al reverso. Alli donde yerras, alli donde te equivocas, alli donde olvidas, alli esta la verdad, una verdad que tiene la peculiaridad de no saberse justo donde se sabe. Freud le llamo inconsciente. Todo su desarrollo posterior se basa en esta noción, de esta fe, de esa creencia en que existe un inconsciente. Y digo fe en el sentido que le otorga un teologo como Joseph Ratzinger; la fe como un salto, como una decisión de la voluntad. En sus Conferencias de Introducción al Psicoanalisis, y ante un publico academico, Freud inicia su lectura advirtiendo y dando la oportunidad de que salieran del auditorio, para luego pedirles que se acepte la premisa de que existe lo inconsciente, y, aún mas audaz, que la vida consciente es dominada por estas mociones inconscientes. Un acto de fe. En ese sentido, el analista es un aserrimo creyente. Y a eso se le pide a aquel que inicia un analisis. Que hable. "Yo, la verdad, hablo..."No hay otra forma mas que la palabra, Del inconsciente sabemos por su narrativa. Por sus efectos de y en el lenguaje. La regla fundamental, el decirlo todo. Cosa imposible, como el decir la verdad, la verdad completa. De alli que nos contentemos con la varité, neologismo lacaniano que condensa verdad y variedad; del sujeto que acude con su malestar, malestar que, a su vez, encierra su propia y peculiar forma de afrontar su Real, su sintoma, su verdad.
viernes, 18 de julio de 2014
MLa palabra incide en el cuerpo. Lo marca, lo señala, produce efectos. A su vez, el cuerpo condiciona el lenguaje. La lengua en su ambigüedad; como organo de lo corporal y de lo simbolico de la palabra. Uno habla con la lengua y en una lengua que en la mayoria de los casos es la materna. La palabra le da cuerpo al cuerpo; imagen ante el espejo como lo es fragmentado. A su vez, el cuerpo tambien viene a definir "al conjunto de las cosas que se dicen en la obra escrita o en el libro", según nuestro diccionario. Pues como dice la escritura, no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra divinamente pronunciada. Son inseparables. Palabra y cuerpo. Cuerpo y palabra. En el primer capitulo de su libro sobre el goce, Braunstein hace mencion de esta banda de boemius que conjugan al sujeto, sujeto que no lo es mas que de un cuerpo que le habla en silencio, de acuerdo a la nocion freudiana del mutismo de la pulsion. Pero, la experiencia del analisis indica que silencio no significa precisamente que no se haya algo que decir, sino que aquello que no es pronunciado es traducido en el cuerpo.
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