viernes, 20 de mayo de 2016

Día del Psicologo

Ciertamente hay algo intrigante en el fenómeno de la "psicologización" de la sociedad que se ha estado viviendo en estos tiempos. Es decir, el papel de la psicología efectivamente ha cambiado. Lo que se consideraba en otros tiempos como algo exclusivamente para enfermos, locos, alienados, etc; ahora ha pasado al terreno de lo público. Del chamán/brujo/druida al psiquiatra por medio de los seguros de gastos médicos. Todo el mundo quiere acudir a terapia, y el no querer ir es señal de que URGE que vayas. Todo lo que le ocurra al humano puede ser evaluado, explicado, medido, predicho por la psicología moderna. Es la época del trauma, del riesgo permanente, todo es traumatizante. Recuerdo un comercial reciente en el que se advertía que habría que tener mucho cuidado a la hora de quitarle el pañal al niño para entrenarlo a ir al baño; ya que en esta etapa se llevaba a cabo la reafirmación de la seguridad del pequeño y el dejarlo a la merced de algún accidente podría tener serias consecuencias en la autoestima del cachorro humano. Todo el mundo es víctima de algo, de una palabra, de una mirada, de una acción, de una no-acción. Y no se diga en un estado en el cual la violencia he llegado a niveles nunca antes vistos, de "histeria colectiva", de "perdidas de la realidad", de "psicosis generalizada". La prensa misma se ha visto en la posición de otorgar diagnósticos a diestra y siniestra acompañados de su propia música incidental y llamativa en sus titulares; sin dejar de lado (¿cómo podría hacerlo?)  los comentarios siempre oportunos de los profesionales de la salud mental que corren presurosos arrojando a su paso diagnósticos igualmente “sentidocomunezcos” (si se me permite el neologismo), "interpretaciones silvestres" en nuestra lengua; argumentando infancias perdidas, yo buenos que resultan opacados por yo malos, pensamientos malos que habrían que cambiar por pensamientos adecuados, conductas aprendidas que hay que desaprender, o, si nos vamos al extremo, de predisposiciones genéticas a la violencia: "No es el, son sus genes, no hay porque culparlo, solo es una víctima de sus desvariados cromosomas". Es en este lugar justamente en donde la victimización encuentra su último garante. Solo basta con ver algún episodio al azar de cualquier serie policiaca detectivezca del momento, cuya temática también se ha visto modificada de acuerdo a los tiempos. Antes, el ladrón cometía un crimen, se le buscaba, se le atrapaba, se le juzgaba y se le condenaba. Todo estaba bien, nos sentíamos bien, el mal ha recibido su castigo. La vida continúa.  Existía una especie de alivio al ver como las cosas resultaban. En cambio, ahora la cuestión es más bien diferente. El ladrón roba algo, se le atrapa, durante el juicio algún abogado presentaba pruebas de alguna predisposición genética, de algún "trastorno" o "enfermedad mental" documentada, etc etc. Más recientemente, solo es necesario colocar en el buscador de su preferencia la palabra “affluenza” y se encontrara con que una defensa ante el juicio de un joven, vástago de una familia acomodada, no podría responsabilizarse de sus actos debido a que siempre vivió entre lujos y una familia distante, creyéndose poseedor de derechos por encima de los otros. El efecto es irrisorio   Volviendo a nuestro ejemplo de serie de detectives, a nuestro ladrón consumado se le encuentra inocente de acuerdo a estos factores y recibe tratamiento para aquello que lo aqueja pasivamente. Y si se el encuentra culpable, nos genera un sentimiento de lastima, incluso de culpa por haber deseado que lo encerraran sin saber que solo era una víctima de una enfermedad.

En todo esto, ¿cual es la imagen del psicólogo en la actualidad?


Cuando uno es psicólogo, es muy común que las personas cercanas se dirijan hacia ti con preguntas, con dudas, buscando consejos acerca de lo que les acontece en su vivir diario. Y esto aumenta en situaciones sociales como son las fiestas, reuniones, etc en las que el rumor de que hay un psicólogo en la proximidad se esparce como un rápido y mortal virus que hace que las personas asistentes al evento intercambien miradas y comentarios acerca de esta persona que ahora se ha convertido en un observador permanente del decir y del comportamiento, una especie de intruso que surge como el gran juez y evaluador. Surgen desafíos: ¿si hago esto, que significa? ¿si no me gusta hacer esto, o aquello? Traductor incansable del pathos humano.  También el psicólogo es el decodificador infalible de los actos; descifrador del sentido así llamado oculto del aconte-ser en el mundo. De igual forma, es el oráculo de Delfos en situaciones de enamoramientos, de desencantos, de predicciones a la manera de adivino del porvenir. Y no olvidemos el papel de inspector y de espía, siguiendo los pasos de lo dicho, de lo no dicho, de lo que debió ser dicho o de lo que no debió ser dicho. Es el defensor último de la víctima, receptáculo de las quejas acerca de lo maldito y desgraciado que es el Otro. Eso Otro que hace demasiado caso o que de plano es indiferente.

Es en este nuevo contexto en que operamos quienes tenemos el atrevido deseo de ser suscitadores del deseo. Feliz día, colegas.

jueves, 3 de marzo de 2016

De piedras y de amores...

La palabra miente. No es una novedad. No es algo que no se haya dicho con anterioridad. El lenguaje nos precede. Lo que nos crea, nos conecta, nos impulsa, nos guía, nos controla, lo que nos define y nos une, si jugamos al agente del sistema Smith en la serie de Matrix. Nos hace incautos. Y es justo al hacernos incautos que podemos convertir estas palabras en lazo. En un lazo que se muestra incompleto, pues el objeto nunca logra alcanzarse y el discurso no alcanza a decirse completo a pesar del esfuerzo del sujeto que habla. Y, sin embargo, eso funciona. De alguna forma, el ser humano encontró en el lenguaje la forma de llegar al otro, su semejante, también incauto en el mejor de los casos. ¿Cómo podría ser de otra forma? ¿Telepatía? No estamos muy lejos de allí. Al menos la imagen ha sabido presentarse como la nueva forma de hacer lazo en un mundo globalizado, en un mundo en donde estamos a un click de estar allende los mares. Una imagen dice mas que mil palabras, dirá el Otro.

El trauma del que hablaba Freud en sus inicios, iniciaba con una imagen. Lo terrible de una imagen es que confronta. No hay forma de negarla y sin embargo no se puede confiar de ella. Sesgada, cortada, manipulada, borrada. El imperio de la imagen es absoluto. Nos ahogamos con ellas. Los emoticones llegaron para quedarse. Un baile de mascaras en donde hay nada debajo de la mascara, salvo otra mascara. Y debajo de ella una más. Y otra. El problema con la imagen es que no conoce de finitud, su juego es infinito, solo hay que colocar un espejo frente a otro. Ya Lacan encontraba en el juego del reflejo un acercamiento del yo. El niño, y su divertimento ante su reflejo. Su encuentro con un otro que es uno mismo. Al inicio, fragmentado. El reflejo ofrece la oportunidad de la integración. Hoy la imagen permite un lazo virtual, ¡valga el pleonasmo!

La palabra mentirosa. La imagen igual de traicionera. ¿Qué nos queda a nosotros, pobres mortales?
Se dice que al principio fue la piedra. Dura, lisa. Una llana piedra. Estática. Una roca en movimiento. Las piedras han tenido un papel protagonico en la historia del mundo. Incluso hay piedras famosas. La Piedra negra de la Meca, por ejemplo. La piedra que contenía la Espada, entre otras. Hay una piedra que resulta especial, y  lo es por no haber sido arrojada. Al menos ese es el origen mítico que Freud le daba a Civilización. No es la primera piedra que no se arrojo. También señala la presencia del pecado en el ser humano. La piedra reemplazada por la palabra: un insulto. Un insulto fundador del mundo así llamado civilizado. Lo real de la piedra en lo simbólico del lenguaje. ¿Porqué? ¿por amor? El amor como aquello que hace condescender el goce al deseo. Tal vez, no nos quede más que amar...






sábado, 18 de octubre de 2014

La verdad, incomoda...

De acuerdo al Maria Moliner, encontramos dos excelentes ascepciones que en el español se utilizan, de acuerdo al contexto de lo que se intenta decir, y digo intenta porque no existe mas que el intento de transmitir algo de lo que se quiere comunicar; para referirnos a la palabra incomodo. Ya sea en su forma de adjetivo, en la cual involucra el ser y/o el estar del sujeto/objeto: "se dice de lo que obliga a una postura o produce molestias"; o bien en su forma de verbo, en donde actua como causa, un hacer. Se habla de un mal-estar. Desde muy temprano en la enseñanza del psicoanalisis, el problema de la verdad ha estado presente. Y lo esta desde una posición curiosa. La verdad como aquello que no puede soportarse. Que causa molestia. Que incomoda; como aquella que le pertenece al sujeto en la figura del sintoma como intento de conciliar una verdad que le es penosa; como aquel traspie de la palabra. Aqui es donde el psicoanalisis se aleja de la nocion de la verdad como correspondiente a lo sucedido, a lo comprobable, la que sería la verdad cientifica. Repetible. Pues en la experiencia dela analisis la verdad solo surge en su de-velamiento. En su no-decir la verdad esta ya dicha. Labor del analista el de presentarle al analizante su palabra al reverso. Alli donde yerras, alli donde te equivocas, alli donde olvidas, alli esta la verdad, una verdad que tiene la peculiaridad de no saberse justo donde se sabe. Freud le llamo inconsciente. Todo su desarrollo posterior se basa en esta noción, de esta fe, de esa creencia en que existe un inconsciente. Y digo fe en el sentido que le otorga un teologo como Joseph Ratzinger; la fe como un salto, como una decisión de la voluntad. En sus Conferencias de Introducción al Psicoanalisis, y ante un publico academico, Freud inicia su lectura advirtiendo y dando la oportunidad de que salieran del auditorio, para luego pedirles que se acepte la premisa de que existe lo inconsciente, y, aún mas audaz, que la vida consciente es dominada por estas mociones inconscientes. Un acto de fe. En ese sentido, el analista es un aserrimo creyente. Y a eso se le pide a aquel que inicia un analisis. Que hable. "Yo, la verdad, hablo..."No hay otra forma mas que la palabra,  Del inconsciente sabemos por su narrativa. Por sus efectos de y en el lenguaje.  La regla fundamental, el decirlo todo. Cosa imposible, como el decir la verdad, la verdad completa. De alli que nos contentemos con la varité, neologismo lacaniano que condensa verdad y variedad; del sujeto que acude con su malestar, malestar que, a su vez, encierra su propia y peculiar forma de afrontar su Real, su sintoma, su verdad.