domingo, 2 de septiembre de 2018

Nombres....

Desde el comienzo de la historia humana se ha dejado algo en claro: el ser humano como tal no puede vivir sin la existencia del otro, del projimo, del proximo. Ya sea que este se encuentre fisicamente o en el delirio, cercano o lejano, muerto o vivo, es imposible el articular al humano sin otro humano. Incluso el relato biblico, en Genesis 2,18 "(...) no es conveniente que hombre este solo; voy, pues, a hacerle una ayuda adecuada". Sin detenernos en la discusión de este registro de la Escritura, mi interes radica en el hecho de que el ser humano no lo es sin el otro. En esta relación mínima necesaria de 1 y 1, es que es posible el surgimiento de lo que llamamos civilización. Junto al desarrollo de la civilización, pronto se hizo dar cuenta de algo, las relaciones entre este 1 y 1 son inestables, no hay unión acoplativa, aparece la enemistad y la violencia. Podríamos pensar que la civilización como tal es la regulación de las relaciones entre unos y otros, de manera que exista un estado de equilibrio, de homeostasis, palabra que es su etimología no deja de recordarnos al hombre mismo.

Toda la historia mundial, los libros sapienciales, las códigos, las lenguas. Todas estas producciones humanas nacen de esta tendencia a la regulación de las relaciones entre quienes coinciden en un tiempo y un espacio. Escritas o no escritas, las leyes que condicionan nuestra llegada al mundo operan sin cesar. El pequeño que nace, nace ya en en lenguaje, en una cultura, en un espacio que sanciona su nacimiento y su marca. El nombre que se le asigna al recién llegado es finalmente escogido por los primerizos padres que a su vez quizá hayan recurrido a libros sobre nombres y significados, o bien escogidos en "honor" de tal familiar que dejo huella en el árbol genealógico precedente, sobre los propios gustos y pasatiempos de los padres (vease nota adjunta). El nombre sera quizá el primer mediador del humano, lo cual no es poco decir.

El articulo compartido habla sobre como el nombre puede y afecta las relaciones del individuo con su ambiente. Recuerdo en alguna ocasión el haber leído un articulo en el que hablaba de una tribu en la que el nombre propio no se le decía a cualquier persona, ya que él contiene la personalidad, historia y vida del nombrado. También no resulta desconocido para quienes conocen algo sobre el Viejo Testamento que el pueblo de Israel no usaba el nombre de Dios (YHWH) por respeto/temor hacia el nombre divino, por lo que su pronunciación real es desconocida (la acepción mas aceptada por los académicos es la de Yavhé).

El nombre no lo es propio. Nos es colocado luego de los tramites ante el Otro. Conocidos e ingresados en la cultura, llegara un momento en el que habremos de re-conocernos en ese nombre. Aunque también podrá ser una oportunidad de crear algo nuevo, de inventar, en el sentido de Jacques Alain Miller, un nuevo lazo con la historia, con el Otro que nos recibe al nacer, con la historia, la cual ya podrá ser propia.


1.- http://www.eluniversal.com.mx/metropoli/oportunidad-cambian-de-nombre-por-bullying


viernes, 6 de julio de 2018

Pronósticos II

El futuro, el porvenir.
Siempre ha fascinado al sujeto la pre-dicción de lo venidero. Lo pre-dicho. Y resulta interesante que el futuro pueda construirse a partir del campo del lenguaje. Dicción/dicho.  Apres-coup. El futuro como construcción de la palabra solo lo es en su retroacción. Una frase es "sentida" al terminar de enunciarla y en su relación con la palabra que antecede. No hay presente sin un pasado que de paso al futuro. El sujeto neurótico, el apalabrado, siempre en devenir,  no estará exento del tiempo y sus vicisitudes. En la anterior entrada, hable del uso del tiempo en el marco del dispositivo analítico. El tiempo y su erótica.

Resulta inevitable la referencia al "Tiempo lógico..." de Lacan. Tiempo de ver. Tiempo de comprender. Tiempo de concluir. Presente, pasado, futuro. En el correcto orden. Pues no hay otro momento más que el ahora para pensar el pasado que recreara el futuro. Acerto de la cadena significante en el que se juegan los destinos del sujeto representado por un significante ante otro. Stephen Hawking, en su "Breve historia del tiempo" nos habla del concepto de flecha del tiempo. El hecho (al menos dentro de la física general, sin adentrarnos en las investigaciones cuánticas, en donde parece reinar otro tipo de leyes, o quizá también la ausencia de las mismas) y carácter direccional del tiempo siempre hacia adelante. En el que la causa antecede a la consecuencia (alegría para Watson y compañía). Un dirección tan establecida que aun en el caso en el que sucediera lo que algunos físicos llaman el Big Crunch (escenario en el que el universo detendría su expansión para contraerse nuevamente en un punto de alta densidad). Algunas hipótesis sobre esta acontecimiento hablan de que el tiempo podría cambiar su dirección y se revertiría. Un ejemplo. Hay una taza sobre una mesa. Cae y se rompe. De acuerdo a estas ideas, la inversión de la causa - consecuencia y de la direccionalidad del tiempo traería consigo el que la taza quebrada se armara en el aire y volviera a la mesa. Este principio hipotético es descartado por físicos como el ya mencionado Hawking, quien postula que, ante el escenario del Big Crunch el tiempo seguiría su curso, y la ley de la causa-consecuencia continuaría siendo operante, estableciendo esta flecha como inamovible.

Es en este contexto que nos topamos con lo inconsciente. Que no conoce del tiempo, de acuerdo a Freud. Le resulta, quizá, más bien indiferente. Y parte de un determinismo absoluto. El "no-es-por-azar" milleriano. "No es por azar que le vienen a la cabeza tal o cuál pensamiento". En ese particular sentido, lo inconsciente parte de una causa, siendo el mismo un devenir. Partiendo de la primer tópica, el objetivo de la practica analítica sería el de llevar al consciente lo inconsciente, en su aparición es que desaparece. El síntoma, como intento de solución al trauma pasado, ocurrido y resignificado en el presente, otorgando un futuro. O, nuevamente, tiempo de ver (suceso traumatico), tiempo de comprender (re significación) y momento de concluir (síntoma).  El analizante ha de viajar en el tiempo de su hystoria.

Sobre el pronostico. Luego de este pequeño recorrido, llegamos nuevamente a la cuestión del lugar del pronostico en el ámbito de la clínica psicoanalítica. El paciente que llega con un malestar, con un sufrimiento, espera de parte del analista una respuesta, una solución a su problemática. No no existir tal, no habría necesidad de analistas. O de cualquier profesional del ámbito psi. Hay algo que ya no funciona y se supone que el psicólogo sabe. Ante el proceso de las primeras entrevistas, en las que se obtienen detalle de la historia, vida y ambiente de quien acude a nuestra consulta. Consulta. De entrada ya recuerda aquella visita al Oráculo de Delfos, lo cuál nos remite nuevamente a la adivinación y profecía a la que se somete quien tiene el valor de presentarse ante ella. No por nada, a la entrada, el visitante era sujeto a la siguiente advertencia:

"Te advierto, quienquiera que fueres tu, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podras hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses".

Continua...


martes, 19 de junio de 2018

Música...

La música como aquel discurso sin palabras que realmente es eficiente. Partiendo de la tentativa lacaniana de alcanzar un discurso que pueda serlo sin ser a la vez sombra y semblante. El análisis, al ser en si mismo un discurso, una forma de lazo social (obviando al lector la referencia a los discursos trabajados a partir del seminario XVI para ser finalmente formalizados en el seminario XVII) como tal no esta exento de también funcionar en base a la palabra, mentirosa, que alcanza la verdad solo a medias. 

El analista, como agente de discurso, ocupa la posición del semblante. La música, al ser del instrumento y del artista que interpreta; quizá, y si se me permite, como la voz a la garganta, al sujeto que la emite. Como arte, puede sobrepasar los limites, los litorales a donde el lenguaje no llega, fronteras lenguajeras y del blablablá. La función de la palabra, también superada, tocando de alguna manera lo Real, el vació y agujero ocasionado por la gravedad de lo simbólico. 

¿Puede la música transmitir lo inconsciente? La obra del autor, como tal y desde Joyce, al menos del autentico artista, como tal esta desabonado de inconsciente. En definitiva, el neurótico, el parletre, el sujeto que habla y representado por un significante ante otro significante, aloja siempre un inconsciente, de acuerdo a la feliz expresión de Jacques Alain Miller en una conferencia en Buenos Aires en 208. El artista, y su obra, no debe nada. No hay registro que provenga del Otro. 

La obra, una vez concluida, esta terminada; recordando el pasaje bíblico en el que la Revelación ya esta terminado en la figura del Mesías y que como tal cualquier agregado sera anatema, de acuerdo a las conciliares decisiones. Será el neurótico, !ah, el neurótico! quien le de a la música un intento de significación, encausarlo como el agua de rió hacia la cadena discursiva, territorio del lenguaje y, por lo tanto, sancionada por el Otro, y, por lo tanto, al inconsciente; en donde, en el mejor de los casos, abra un analista que interprete, no la música, sino la palabra que a partir de ella deviene en el contexto del dispositivo analítico.