Algo
ocurre para quien se aventura en la experiencia analítica. Fue Lacan el primero
en adjudicarle el estatuto de experiencia a eso que sucede en la inmediación de
lo que se llama un psicoanálisis. Algo pasa. Un pathos, aquello que sucede. Y efectivamente, lo que sucede es que
algo cedió. Se dio. Un cambio de sede al cuestionamiento del sujeto hacia
aquello que lo sujeta. Partimos de la diferenciación de la imposición que
moraliza, de la impostura de las categorizaciones a la postura que eticiza, si se nos permite el
neologismo. ¿Cómo es que esto ocurre? De la misma manera que el inconsciente,
tal como es descubierto por Freud en su obra y formalizado por Lacan en su
enseñanza; como un episodio fulgurante, que de pronto hace su aparición como el
rayo.
Y
esto, claro, no sin resistencias; parte importante de esta experiencia. A la
tensión del discurso del inconsciente que es el discurso del Otro. Resistencia.
Reticencia. Jacques Alain Miller llama hacer vacilar los semblantes a uno de
los objetivos de la práctica del análisis, de la práctica clínica. En ultimadas
cuentas, ¿Qué es la clínica? ¿Cuál es su fin? Y en caso de tenerlo, ¿cómo se
llega a ese fin? Dudas que no son dudas ante la existencia de certezas. De
sentido. ¡Y cómo no, si los mismos practicantes psi se encuentran alienados en
los discursos de la estadística, de los números, de la reducción del sujeto a
la cifra, de los resultados, de la promoción del logro de cambio o
modificaciones en la conducta para lograr una mejor adaptación al medio, como
lo dictan las actuales definiciones de psicoterapia! Atrapados en el juego del
“como si” de las instituciones de las que habla José Perres. No se alcanza a
diferencia la moral de la ética. Cuando uno comienza a cuestionar el quehacer
sobre la clínica, rápidamente se da cuenta que es totalmente diferente a lo que
definen los libros. Preguntas como ¿Qué diablos es la adaptación al ambiente?
surgen buscando respuestas lógicas. ¡Ah, ya lo entiendo! Cómo me comporto o
pienso de una manera que se sale de la línea, del promedio, de esa campana de
Gauss, el psicólogo terapeuta deberá empeñar sus esfuerzos a modificar la
conducta y volver a las líneas de los “normales”, esos benditos ideales de
manual que poseen un bienestar bio-psico-social según las nuevas definiciones
de salud de la OMS. Si se observa bien, esta definición excluye totalmente al
paciente, cliente, analizante, como se le quiera llamar a ese sujeto que toca a
la puerta del consultorio. La psicoterapia en sí misma es la promotora del
“cambio”. A fin de cuentas, ¿Qué pasa con el paciente? El no tiene la culpa de
lo que le pasa. ¿Por qué habría el de inmiscuirse en su síntoma? Así hablan los
promotores de la felicidad, del bien, del placer. Si no se es feliz, es culpa
del cerebro y de la mala segregación de sus sustancias (aquí se recuerda
aquella antigua teoría de los humores y la enfermedad mental concebida como el
desequilibrio de los mismos). Y si no es el cerebro, es por lo genes, dejando
en último lugar a la subjetividad, si es que aún se la toma en cuenta. Y,
siendo honestos, hemos de decir que es justo esto lo que al comienzo de la
práctica clínica buscaba. El interés por los resultados. Ese furor sanandi del cual nos advierte
Freud en sus textos dedicados a la técnica. Se había dejado de lado que el
psicoanálisis es la praxis de una ética, siguiendo a Mauer, Moscona y Resnizky.
Hable
del psicoanálisis como la praxis de una ética pero, ¿Qué es el psicoanálisis?
Una peculiar forma de “tratamiento del alma” propuesto hace poco mas de 100
años y que por sus controversiales formas de ver al sujeto es totalmente
desterrado de estas psicoterapias normativas humanistas, conductistas,
cognitivas y demás (usted, querido lector, sabe de qué psicoterapias hablo,
esas que SI son científicas, experimentales y dan resultados rápidos y
descafeinados según la feliz expresión de Zizek). Ese que celebra la
diferencia, que funciona en tanto está presente la alteridad del otro, clínica
del caso por caso a la cual no le interesan los diagnósticos etiquetadores, ese
que en lejos de negar el sufrimiento del hombre le da un lugar que ya nadie
presta atención, el del discurso. Y aquí cito a la psicoanalista Lizbeth
Ahumada: “El psicoanálisis busca hacer
surgir, localizar una dimensión ética profunda y no sólo aliviar o hacer
desaparecer el padecimiento; es una ética orientada al nivel subjetivo de
responsabilidad implicado en el propio sufrimiento. Hacerse responsable en
relación a los propios síntomas hasta el extremo máximo, sitúa la orientación
de la clínica. Es decir, el campo del goce que se deriva de allí, determina la
finalidad de la cura: tratamiento del goce y de la ética que supone tomarlo a
su cargo”. ¿Has actuado conforme a tu deseo? Esa es la pregunta que Lacan
repite en su seminario dedicado a este tema. El análisis no va dirigido al
cambio de conducta o a la felicidad, sino para confrontar al analizado con la
verdad que es su deseo y de un goce que le es escurridizo por el diafragma de
la palabra y el lenguaje. De eso que va
más allá del principio del placer; principio que funciona como barrera del
deseo, de una dialéctica del Bien generador de políticas de normatividad. Generador de dudas más que de respuestas; el
dispositivo analítico puesto a correr por el establecimiento de una demanda en
donde lo único que pedimos es que se hable, pues en el habla surge la división
del sujeto y su posición subjetiva. Posición que a lo largo de la cura es
cuestionada no por el analista, sino por el propio analizante. No se entra en análisis por necesidad
(necedad), se recurre por un "no hay otra opción mejor". No hay una
prescripción para acudir al analista. Y así como en ajedrez, en los que abundan
los libros para describir aperturas y finales, dejando un blanco en lo que
pasaría entre estos dos puntos (inicio-final), podemos muy bien hablar acerca
de la entrada y la salida en análisis. No hay colectivo en análisis. El
parletre hablara sobre sí mismo, su viaje no lo puede hacer otro. Claro que
hablara a partir del Otro, no hay otra forma. Pero si hace su recorrido, bien
podría deshacerse de ese Otro y valerse de él. El camino, ese siempre será
peligroso. Y requiere tiempo. Un tiempo lógico. Tiempo para comprender. No se
llega del punto A al punto B sin que algo se atraviese. No hay tele
transportación. Eso será para la psicosis. El tiempo es relativo. No se puede
encajuelar en un standard. Pues el sujeto se encaminara en su inconsciente, y
como tal no conoce de temporalidad, Freud dixit. Palabra y tiempo condensaran
pasado, presente y futuro. Tres tiempos que solo hablan de amor, dese y goce;
de lo imaginario, lo simbólico y lo real, este último, como lo imposible, lo
que nunca llega (hoy no se fía, mañana si), lo que no cesa de no escribirse, y,
de hecho, el analizante y su blablablá tendrá que hacerse cargo de eso
imposible. El analista solo esta allí para ser un conductor. Y cobrara, pues el
recorrido no lo es si no cuesta.
El
analista, o psicólogo. El también es un sujeto deseante que trabaja con su
subjetividad. Y la posición que este adopte frente al sujeto, su concepción del
sujeto, marcara la marcha de la cura. Pues nuestras intervenciones provendrán
desde ese marco. Sin proponer, sin sugerir, sin esperar. Pues el analista no opera desde la posición
del amo o del saber, sino el de la completa incertidumbre, desde un vacío. Un
ethos desde el movimiento y desde el reconocimiento del otro en su radical
diferencia y en su deseo, quien siguiendo a Zizek, me confronta con el enigma
de mi propio deseo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario