viernes, 18 de julio de 2014

MLa palabra incide en el cuerpo. Lo marca, lo señala, produce efectos. A su vez, el cuerpo condiciona el lenguaje. La lengua en su ambigüedad; como organo de lo corporal y de lo simbolico de la palabra. Uno habla con la lengua y en una lengua que en la mayoria de los casos es la materna. La palabra le da cuerpo al cuerpo; imagen ante el espejo como lo es fragmentado. A su vez, el cuerpo tambien viene a definir "al conjunto de las cosas que se dicen en la obra escrita o en el libro", según nuestro diccionario. Pues como dice la escritura, no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra divinamente pronunciada. Son inseparables. Palabra y cuerpo. Cuerpo y palabra. En el primer capitulo de su libro sobre el goce, Braunstein hace mencion de esta banda de boemius que conjugan al sujeto, sujeto que no lo es mas que de un cuerpo que le habla en silencio, de acuerdo a la nocion freudiana del mutismo de la pulsion. Pero, la experiencia del analisis indica que silencio no significa precisamente que no se haya algo que decir, sino que aquello que no es pronunciado es traducido en el cuerpo.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Sin titulo

Algo ocurre para quien se aventura en la experiencia analítica. Fue Lacan el primero en adjudicarle el estatuto de experiencia a eso que sucede en la inmediación de lo que se llama un psicoanálisis. Algo pasa. Un pathos, aquello que sucede. Y efectivamente, lo que sucede es que algo cedió. Se dio. Un cambio de sede al cuestionamiento del sujeto hacia aquello que lo sujeta. Partimos de la diferenciación de la imposición que moraliza, de la impostura de las categorizaciones a la postura que eticiza, si se nos permite el neologismo. ¿Cómo es que esto ocurre? De la misma manera que el inconsciente, tal como es descubierto por Freud en su obra y formalizado por Lacan en su enseñanza; como un episodio fulgurante, que de pronto hace su aparición como el rayo.

Y esto, claro, no sin resistencias; parte importante de esta experiencia. A la tensión del discurso del inconsciente que es el discurso del Otro. Resistencia. Reticencia. Jacques Alain Miller llama hacer vacilar los semblantes a uno de los objetivos de la práctica del análisis, de la práctica clínica. En ultimadas cuentas, ¿Qué es la clínica? ¿Cuál es su fin? Y en caso de tenerlo, ¿cómo se llega a ese fin? Dudas que no son dudas ante la existencia de certezas. De sentido. ¡Y cómo no, si los mismos practicantes psi se encuentran alienados en los discursos de la estadística, de los números, de la reducción del sujeto a la cifra, de los resultados, de la promoción del logro de cambio o modificaciones en la conducta para lograr una mejor adaptación al medio, como lo dictan las actuales definiciones de psicoterapia! Atrapados en el juego del “como si” de las instituciones de las que habla José Perres. No se alcanza a diferencia la moral de la ética. Cuando uno comienza a cuestionar el quehacer sobre la clínica, rápidamente se da cuenta que es totalmente diferente a lo que definen los libros. Preguntas como ¿Qué diablos es la adaptación al ambiente? surgen buscando respuestas lógicas. ¡Ah, ya lo entiendo! Cómo me comporto o pienso de una manera que se sale de la línea, del promedio, de esa campana de Gauss, el psicólogo terapeuta deberá empeñar sus esfuerzos a modificar la conducta y volver a las líneas de los “normales”, esos benditos ideales de manual que poseen un bienestar bio-psico-social según las nuevas definiciones de salud de la OMS. Si se observa bien, esta definición excluye totalmente al paciente, cliente, analizante, como se le quiera llamar a ese sujeto que toca a la puerta del consultorio. La psicoterapia en sí misma es la promotora del “cambio”. A fin de cuentas, ¿Qué pasa con el paciente? El no tiene la culpa de lo que le pasa. ¿Por qué habría el de inmiscuirse en su síntoma? Así hablan los promotores de la felicidad, del bien, del placer. Si no se es feliz, es culpa del cerebro y de la mala segregación de sus sustancias (aquí se recuerda aquella antigua teoría de los humores y la enfermedad mental concebida como el desequilibrio de los mismos). Y si no es el cerebro, es por lo genes, dejando en último lugar a la subjetividad, si es que aún se la toma en cuenta. Y, siendo honestos, hemos de decir que es justo esto lo que al comienzo de la práctica clínica buscaba. El interés por los resultados. Ese furor sanandi del cual nos advierte Freud en sus textos dedicados a la técnica. Se había dejado de lado que el psicoanálisis es la praxis de una ética, siguiendo a Mauer, Moscona y Resnizky.

Hable del psicoanálisis como la praxis de una ética pero, ¿Qué es el psicoanálisis? Una peculiar forma de “tratamiento del alma” propuesto hace poco mas de 100 años y que por sus controversiales formas de ver al sujeto es totalmente desterrado de estas psicoterapias normativas humanistas, conductistas, cognitivas y demás (usted, querido lector, sabe de qué psicoterapias hablo, esas que SI son científicas, experimentales y dan resultados rápidos y descafeinados según la feliz expresión de Zizek). Ese que celebra la diferencia, que funciona en tanto está presente la alteridad del otro, clínica del caso por caso a la cual no le interesan los diagnósticos etiquetadores, ese que en lejos de negar el sufrimiento del hombre le da un lugar que ya nadie presta atención, el del discurso. Y aquí cito a la psicoanalista Lizbeth Ahumada: “El psicoanálisis busca hacer surgir, localizar una dimensión ética profunda y no sólo aliviar o hacer desaparecer el padecimiento; es una ética orientada al nivel subjetivo de responsabilidad implicado en el propio sufrimiento. Hacerse responsable en relación a los propios síntomas hasta el extremo máximo, sitúa la orientación de la clínica. Es decir, el campo del goce que se deriva de allí, determina la finalidad de la cura: tratamiento del goce y de la ética que supone tomarlo a su cargo”. ¿Has actuado conforme a tu deseo? Esa es la pregunta que Lacan repite en su seminario dedicado a este tema. El análisis no va dirigido al cambio de conducta o a la felicidad, sino para confrontar al analizado con la verdad que es su deseo y de un goce que le es escurridizo por el diafragma de la palabra y el lenguaje.  De eso que va más allá del principio del placer; principio que funciona como barrera del deseo, de una dialéctica del Bien generador de políticas de normatividad.  Generador de dudas más que de respuestas; el dispositivo analítico puesto a correr por el establecimiento de una demanda en donde lo único que pedimos es que se hable, pues en el habla surge la división del sujeto y su posición subjetiva. Posición que a lo largo de la cura es cuestionada no por el analista, sino por el propio analizante.  No se entra en análisis por necesidad (necedad), se recurre por un "no hay otra opción mejor". No hay una prescripción para acudir al analista. Y así como en ajedrez, en los que abundan los libros para describir aperturas y finales, dejando un blanco en lo que pasaría entre estos dos puntos (inicio-final), podemos muy bien hablar acerca de la entrada y la salida en análisis. No hay colectivo en análisis. El parletre hablara sobre sí mismo, su viaje no lo puede hacer otro. Claro que hablara a partir del Otro, no hay otra forma. Pero si hace su recorrido, bien podría deshacerse de ese Otro y valerse de él. El camino, ese siempre será peligroso. Y requiere tiempo. Un tiempo lógico. Tiempo para comprender. No se llega del punto A al punto B sin que algo se atraviese. No hay tele transportación. Eso será para la psicosis. El tiempo es relativo. No se puede encajuelar en un standard. Pues el sujeto se encaminara en su inconsciente, y como tal no conoce de temporalidad, Freud dixit. Palabra y tiempo condensaran pasado, presente y futuro. Tres tiempos que solo hablan de amor, dese y goce; de lo imaginario, lo simbólico y lo real, este último, como lo imposible, lo que nunca llega (hoy no se fía, mañana si), lo que no cesa de no escribirse, y, de hecho, el analizante y su blablablá tendrá que hacerse cargo de eso imposible. El analista solo esta allí para ser un conductor. Y cobrara, pues el recorrido no lo es si no cuesta.

El analista, o psicólogo. El también es un sujeto deseante que trabaja con su subjetividad. Y la posición que este adopte frente al sujeto, su concepción del sujeto, marcara la marcha de la cura. Pues nuestras intervenciones provendrán desde ese marco. Sin proponer, sin sugerir, sin esperar.  Pues el analista no opera desde la posición del amo o del saber, sino el de la completa incertidumbre, desde un vacío. Un ethos desde el movimiento y desde el reconocimiento del otro en su radical diferencia y en su deseo, quien siguiendo a Zizek, me confronta con el enigma de mi propio deseo.


jueves, 27 de febrero de 2014

Reflexiones sobre el amor (inédito)


Y es que no importa que digan/ que esta trillado/ hablar de amor que maldigan/ si no han probado/ la noche en sus brazos de sol…Así canta el trovador siguiendo la línea que ya habíamos descrito: hablar de amor esta trillado; pero que goce hay en su repetición, que mayor tontería que volver a decir lo mismo aunque no se haya dicho nada. Es por el amor que existimos, y como dicta la filosofía budista, la existencia conlleva sufrimiento. Esto nos lleva a una tesis manejada en el anterior escrito, el amor es sufrimiento. El mejor de ellos.

¿Qué pasa cuando nuestra demanda es escuchada? El caso en el cual la declaración lleva a la formación de una pareja, en el feliz caso de que el otro al cual se dirige nuestro amor ha aceptado ser el acompañante de esa travesía increíble que del amor surge, ese momento en que siguiendo el mito de Platón sobre los seres divididos que condenados a buscar su otra mitad encuentran en su búsqueda y dichoso hallazgo la completud de su existencia.

Platón; en uno de sus famosos diálogos titulado (o más bien mejor conocido como) El Banquete, el cual quizá sea una de los mejores registros que tenemos de antiguo en temas referentes al que nos ocupa;  pone en labios de Aristófanes el siguiente mito para explicar el amor: Hubo un tiempo en que la tierra estaba habitada por seres esféricos con dos caras, cuatro piernas y cuatro brazos. La arrogancia de estos seres provoco la ira de Zeus quien para someterlos los dividió con su rayo, convirtiéndolos en seres incompletos y condenándolos a anhelar siempre la mitad perdida. ¿No definen estos seres esféricos con sus partes dobles la clásica imagen del narcisista (el que se ama a sí mismo en la más simple de las explicaciones) que se mira ante el espejo y con cuyo reflejo se identifica en un vaivén circular de imagen-cuerpo completos?  ¿Qué pasa entonces con  el sujeto dividido, el escindido, al que algo le falta, ese que anhela aquello que tuvo y que ha perdido, condenado a la búsqueda de esa “media naranja” que lo complete, que lo llene en todos sus aspectos? Cualquier parecido con el mito, ¿es pura coincidencia…?

Hablando sobre el carácter “apasionado” del amor, me gustaría retomar nuevamente a Zizek en lo siguiente. El se plantea una pregunta sobre lo terriblemente violento en manifestar abiertamente pasión por y hacia otro ser humano. Hay que entender la pasión no como nos la presentan las telenovelas baratas, en donde solo nos muestran dos cuerpos sudorosos retorciéndose ante la cámara en una pseudo representación del amor apasionado, donde lo único que logran es desvirtuar el carácter sublime de la pasión por otro ser humano. La pasión será algo que se sufre, que se adolece, algo que es vivenciando; de carácter del sentí-miento que dijimos que parte del engaño, un engaño que perturba al ser. Engaño que se sufre, engaño imaginario como se dijo en el primer apartado.

Siguiendo esta línea sobre el carácter violento de amor, tomo nuevamente a Zizek: ¿No es obvio que haya algo terriblemente violento en manifestar abiertamente pasión por y hacia otro ser humano? Por definición, la palabra hace a su objeto, e incluso si su destinatario acepta complacido ocupar ese lugar, no podrá evitar tener que pasar por momentos de conmoción y sorpresa.  Zizek se plantea este pregunta acerca del carácter que podría ser llamado violento y hasta porque no, intrusivo. El involucrarse en la vida de otro ser humano, conocer sus gustos y disgustos, su entera existencia y vida, sus hobbies, etc. ¿No es esto lo mismo que ocurre con el interrogador que a la luz tenue de una lámpara obliga al interrogado a que reluzca su verdad? Es por eso que menciona que aunque la respuesta a la declaración sea afirmativa (y esto ya lo dije en otro lugar) no se puede evitar pasar por momentos de conmoción y sorpresa, como un ataque que esperamos mas nunca sabemos con certeza cuando llegara. Ataque a la individualidad de la persona, duda e incertidumbre acerca de lo que soy a los ojos del otro, ese otro que dirige su palabra y mirada hacia mí; más bien, a eso más allá de mí que causa deseo.

Otra característica de esta segunda etapa, es el de la exaltación del otro. “Eres la mujer más hermosa del mundo”, “Tus ojos con como lagos profundos en los cuales sería un placer ahogarse”, “Tus labios son reflejos y tus dientes azúcar y es perfume su aliento”; todo esto producción que señala la perfección del otro, no hay ojos para nadie más, nadie más vale la pena. Ejemplo de esto es el amor cortes que existió (al parecer aun queda un poco) en la edad media en boca de los caballeros y de los trovadores: las hazañas del caballero, así como los cantos del artista iban dirigidos solo a los ojos y oídos de la amada colocada en un pedestal inaccesible (ya hablaremos de esto más adelante). No hay lugar para el error, puesto que estoy reflejado en ese otro por el que vale la pena la existencia, que conlleva sufrimiento y por el que lo vale. A veces me cuestiono sobre la existencia de personas que teniendo el amor en sus manos, lo desperdician o no le dan el valor que debiera merecer, que no aprecian lo que la vida les ha dado. Tienen una persona maravillosa a su lado y prefieren devaluarlo o no le dan la importancia que tiene. Será tema en otro momento. Quisiera terminar con esta frase mencionada por un profesor y que dará pie a una continuación: “El objeto de amor no es en serie, es vivenciado como irrepetible”.