El amor es un enigma. En tanto que fenómeno, es algo a la vez evidente y algo inasible. Conlleva una certeza indiscutible, al igual que una duda infinita. Es una pregunta y una incertidumbre. ¿Qué te distingue a ti sobre los demás?, ¿Por qué me quieres, porque yo, que acaso soy diferente? Dice Zizek que el amor es el “termino enigmático” por excelencia, haciendo referencia a ese factor X desconocido, al “no sé qué” que me hace enamorarme. Te amo a ti, pero hay algo que esta mas allá de ti misma, algo incognoscible, que permanece velado. Es decir, hay algo en ti que no alcanzo a nombrar. Es más, desde el momento en que puedo enumerar las razones por las cuales te amo, tus características que me hicieron que me enamorara o esos “detalles” que busco en ti, puedes estar segura que esto no es amor. Esto pertenecería a amarme en el otro, cual Narciso ante el espejo del lago, quien enamorado de su reflejo, queda convertido en la flor que lleva su nombre. Es muy común encontrarse con la pregunta ¿Por qué me quieres? La respuesta más honesta seria “no lo sé”, pues justamente el hecho de no saber el porqué es que puedo amarte. Más bien, habría que completar este “no lo sé” con un “pero lo sé…” No hay lugar aquí para la razón o el pensamiento. Esto en contraste con las actuales concepciones de la bioquímica cerebral que proponen la liberación de ciertos neurotransmisores que serian los causantes de reacciones en el cerebro que nosotros, mundanos ignorantes de la ciencia, simples ingenuos de la causalidad fisiológica confundimos con el amor. Personalmente prefiero la ignorancia. La eterna cuestión que me hace estar ahí, que nos con-funde; como diría el poeta: “no es posible amar a lo que se conoce por completo. El amor se dirige a lo que está oculto en su objeto”. Sin embargo, esto oculto pide su nombramiento, se le interroga al amor constantemente. Hay que amar, si, pero de igual forma hay que decirlo (y demostrarlo en ocasiones). Algo es seguro, nunca se está seguro en temas de amor. Apenas se cree que se va por el camino correcto, vemos que en realidad estamos dando vueltas en círculos. No hay mapa, ni brújula para el recorrido. Las pruebas son engañosas y las pistas suelen perdernos. Ya sea al momento de hablar de él, del amor, el riesgo que se corre es el de limitarse a decir cualquier cosa, las contradicciones aquí no importan; ejemplo de ello es la canción titulada “Amarte a ti”, en su letra podemos encontrar todas estas cuestiones. Incluso, cuando hablamos del amor, no se sabe que se habla y entre más se habla, menos se sabe. Heme aquí, en la ridícula tarea a la que se han dedicado miles antes que yo, a exponer su ignorancia tratando de encontrar la forma de nombrar al amor, y me he encontrado con esas contradicciones que parecen llevarse bien, acoplarse en la diferencia. ¿Y que no es esto la base de aquel principio de la física (no recuerdo cual) que de la electricidad dice que el polos iguales se rechazan y polos diferentes se atraen? ¿No es acaso este principio lo que ocurre al buscar a esa persona? Ciertamente se pueden compartir muchas cosas, pero es en la diferencia en el que uno encuentra la comunidad. No hay encuentro perfecto, no existe la pareja ideal. Lo que hay es un sujeto totalmente desconocido en su incompletud. Uno se arriesga a encontrar en el otro aquello que hará diferente su existencia. ¿Cómo saber que es la persona correcta? ¿Cómo lanzarse al vacío de la duda? ¿Cómo aventurarse al inmenso mar de la incertidumbre? Nunca se está seguro. Podemos esperar a que llegue el momento indicado, ese momento en el que todo se pondrá de nuestro lado y finalmente acceder a aquella promesa. Esto es un engaño. No hay tiempo perfecto, no hay momento indicado. Así, vemos en películas y en series de televisión la misma escena: el enamorado que planea hasta el más mínimo detalle de lo que será la declaración de amor; pero paradójicamente siempre algo sale mal e impide lo que seguramente sería algo de lo más romántico. ¿Qué no enseña esto? Que no existe mejor momento que el ahora. Lo que hay es este preciso momento, este minuto y este espacio. Que el tiempo no se ha de buscar, se hace. Que cualquier lugar es el indicado. La planeación demuestra así su falla. La hipótesis necesita de la experimentación para comprobarse; así como el amor necesita de su puesta en palabras.
“Aquel que no lucha por lo que quiera, ciertamente no merece aquello que desea…” Una frase de aquellas que uno se encuentra cuando no se las buscaba, pero que encajan en la serie de ocurrencias que vienen y van. No podría ser más cierta. El amor es una guerra, una batalla y una lucha constante en la que somos simples soldados obedeciendo órdenes que nos sobrepasan. No sabemos qué ocurrirá en el momento que salimos de la seguridad de la trinchera hacia el campo de batalla. Pero si nos quedamos en ella, en la trinchera ¿Cómo alcanzar el honor de la muerte o la gloria de la victoria? Tal vez haya momentos en los que pareciera que la lucha no vale la pena, que es una batalla perdida, que habría que rendirse. Todo está en nuestra contra y los intentos son sin sentido. La lógica nos dicta que la rendición es la mejor opción. Pero estamos hablando aquí de aquello en lo cual no hay lógica, aquello en lo que él sin sentido cobra su mayor sentido. Y hay sufrimiento, ese es el riesgo del juego en el que la apuesta es la misma instancia del ser. Claudicar no es una opción, la lucha continúa hasta sus últimas consecuencias. Va siendo la hora de salir de la trinchera, de dejar atrás las intrincadas estrategias y planeaciones. El acto heroico es considerado valiente y a la vez estúpido. Pero por amor, ¿quién no hace estupideces?

